
“Tibio cacerolazo contra la estatización de las AFJP” titula el 29 de octubre la versión web de El Cronista, agregando que “desde temprano, las cadenas de mails y SMS se distribuyeron a diestra y siniestra pero todo quedó en la nada. Solamente en los barrios de Recoleta y Barrio Norte pequeños grupos de vecinos protagonizaron manifestaciones”. A más de resaltar la escasa participación ciudadana, la noticia menciona la utilización de los medios electrónicos para realizar convocatorias masivas, recurso que pasará a ser “natural” en escasísimo tiempo.
Lo que no dice el medio es que esos grupos dispersos que caminaban por Callao coreaban, sin mucho entusiasmo, “Se va a acabar la dictadura de los K”.
Pone “la piel de gallina” recordar la consigna original, “se va a acabar la dictadura militar”, cuando -hace un cuarto de siglo- marchas tumultuosas recorrían la Avenida de Mayo reclamando una justicia y una libertad política que les eran absolutamente negadas, situación incomparable con la actual, donde gozamos de total libertad de expresión, estado de derecho y funcionamiento pleno de los tres poderes del estado.
Estamos disfrutando de una democracia que tiene todas las contradicciones y discusiones políticas que son propias de la vida republicana.
Cuando los nuevos opositores gritan “se va a acabar” están haciendo una apelación golpista, a sabiendas de que la presidenta tiene un mandato de cuatro años y es deber de todos cuidar la continuidad del sistema democrático, con tanto esfuerzo construido por nuestra sociedad.
En resumen, la remozada consigna incurre en una paradoja sustentada en dos falacias: Acusa de dictadura a un gobierno que no lo es, al tiempo que propone interrumpir el sistema democrático, esto es una actitud claramente dictatorial. Reclaman autoritarismo contra un régimen al que falsamente acusan de autoritario.


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